Soy oscuridad
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- Yo soy oscuridad – confesó Alenka una muchacha checa, mirándome fijamente, con sus ojos azules que parecían abarcar todo su rostro - Está en mi corazón – añadió.
Alenka estaba sentada frente a mí, buscando, con angustia, en mi rostro, una reacción. Su «¿confesión?» contrastaba con su apariencia de niña, con su cuerpo delgadito y su vestido blanco y sus pies descalzos; una niña alegre descansando en la banca de un parque y no una mujer triste en una cabaña solitaria rodeada de abetos, de… oscuridad.
Ella seguía mirándome, esperando una respuesta, algo que diera muestras de algún ser humano que habitara en mí, pero «¿Qué podría decir?» y lo más egoísta e importante (para mí) «¿Para qué responder a eso?».
- Bien – respondí, después de tragar saliva con la garganta.
Era de noche y estábamos en una cabaña de madera, a lo alto de una montaña de la cordillera de los Jeseníky, en un aislado complejo turístico a mediados de un frío octubre de 2006. En el lugar había pocas cabañas ocupadas, desperdigadas por aquí y por allá lejos de la nuestra. Y afuera, el viento zarandeaba suavemente a los abetos que nos espiaban por la ventana.
- Bebamos – dijo Alenka agarrando un vodka que estaba sobre la mesa, sonriendo pero con una mirada triste a la vez.
Aunque intenté engañarme a mí mismo de lo contrario, ya algo me había dado mala vibra cuando regresé de la tienda del complejo turístico a donde había ido por unas cervezas y unas papitas y descubrí esa botella de vodka sobre la mesa. El mal rollo no fue por el vodka en sí mismo, sino porque le pregunté a Alenka si había refresco de Toronja o jugo de naranja para acompañar y ella respondió «el vodka se bebe solo» con mucha seriedad.
-¡Ah!, sí… respondí aparentando que tenía mundo o mucho barrio, pero preocupado porque NUNCA había tomado vodka sin antes habérmelo servido en un vaso con hielos y medio litro de jugo de naranja.
Yo hubiera preferido que ella trajera ese aguardiente checo de ciruela que le llaman slivovice. Así, por lo menos, hubiera podido dar traguitos a la cerveza. Lo bueno es que había esas papitas saladas de la tienda y podría meterme un puño en la boca y quitarme el sabor del vodka en el paladar.
Y así hice, justo antes de que Alenka me dijera que tenía oscuridad en su corazón.
Ella seguía mirándome y pese a la angustia en su rostro, yo tenía la esperanza, la ingenuidad infantil de que estuviera divirtiéndose, que todo lo había dicho como broma y no porque fuera verdad.
Di otro trago a mi vodka y, quizás por las emociones que empezaban a surgir de «¿preocupación? ¿miedo? » el vodka comenzó a saberme bien.
-¿Qué marca es? – dije girando el vasito, como esperando que en el líquido del vodka apareciera el nombre de la marca, pero, en realidad, tratando de cambiar de tema «¿por la preocupación? » «¿por el miedo? »
- Vivo a las orillas de la ciudad, a unos metros del bosque – dijo Alenka, ignorando mi pregunta y con sus ojos puestos en el piso de madera. Luego, dio un trago a su vodka, levantó la vista y me miró.
- A veces, por las noches, salgo y me pierdo en el bosque y camino sin rumbo entre los pinos.
Detrás de Alenka, por la ventana, los abetos me miraban, expectantes, como invitándome a ir y perderme en lo profundo del bosque, donde habitan el misterio y…
-La oscuridad… la tenemos muchas personas – reflexionó Alenka, mirando los abetos por la venta y el tono de su voz parecía intentar justificar algo.
Lo dijo como si relacionara oscuridad con el bosque y como si hubiera adquirido consciencia de ello en ese momento, al hablar conmigo, un tipo de ciudad que su única relación con la naturaleza eran un tulipán de plástico que había comprado en una tienda de recuerdos del aeropuerto de Ámsterdam y los típicos arbolitos de navidad que se ponen en diciembre.
-¿Y no te da miedo andar ahí sola en el bosque por la noche? – pregunté para salir del paso. Era, desde luego, una pregunta estúpida pero fue lo único que se me ocurrió para evitar hacer la pregunta que tenía miedo de formular: «¿Qué es la oscuridad?»
-Nunca estoy sola. – dijo, apretando la mano izquierda sobre su pecho - En el bosque hay un mundo otro mundo, otros seres como yo.
«Otros seres como yo» repetí en mi mente, aunque estaba luchando por ignorar la frase, la situación… un adulto que descubre que ya no es un niño.
Alenka se levantó y se paró frente a la ventana. Su cabello claro contrastaba con las siluetas oscuras de los abetos que la miraban, que nos miraban en silencio.
-Ahí nos reunimos alrededor del fuego y danzamos y hacemos ofrendas para el señor del bosque – explicó mientras el vaho de su boca formaba un círculo de vapor en el vidrio de la ventana, que reflejaba los ojos azules de Alenka mirando a los abetos.
Como he dicho, soy un ingenuo, pero mi ingenuidad no radica en la incapacidad de ver lo que ocurre, de interpretar circunstancias, de reconocer lo que significan las cosas… soy ingenuo porque ignoro mis conclusiones… porque creo que ignorar puede ayudarme a salvar y defender mis sentimientos.
Por eso, me repetí, como si mis pensamientos fueran sonido de tambores, «¡Pa!», que Alenka era divertida «¡Pa!» que era noble «¡Pa!»… por eso recordé y recordé que me compró una chamarra para el frío, «¡Pa!», que hacía un ruido extraño cuando se reía «¡Pa!», que me hizo un pastel de manzana «¡Pa!», que me acariciaba la mano «¡Pa!», que me besaba «¡Pa!», que veíamos películas en una laptop «¡Pa!» y que parecía una angelita iluminando el andén de la estación «¡Pa-Pa-Pa!».
El sonido lejano del viento, acariciando los abetos, se escuchó en la habitación.
Ella me miraba por el reflejo de la ventana.
-Alenka ¿Por qué me cuentas todo esto? – pregunté con temor…
-Para que te alejes de mí -advirtió.
…
Regresé a Ámsterdam dos semanas después, pero la noche que nos despedimos, ella seguía luciendo como una angelita, sonriendo con tristeza pero iluminando el oscuro andén de la estación. O eso preferí ver, porque solo la ingenuidad hace posible el amor.
…
*Nunca nos volvimos a ver. Durante la pandemia de COVID intercambiamos algunos mensajes para saber si todo iba bien.

