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Enseñanza, Educación, Inteligencia Artificial, Burnout Marco Carlos Avalos Rosado Enseñanza, Educación, Inteligencia Artificial, Burnout Marco Carlos Avalos Rosado

Soy un maestro quemado

Soy un maestro quemado: un docente que siente que ya no logra enseñar bien porque no encuentra la motivación o porque no encuentra una forma de estimular el aprendizaje en sus estudiantes.

Estoy parado ahí, frente a 20 estudiantes, una tarde de primavera. Sus rostros, iluminados por las pantallas de sus computadoras. Están aburridos. Una hora de clase es demasiado. Al fondo del salón, una muchacha mira su celular dando risas mientras masca un chicle. Un joven está escribiendo algo en su computadora, inmerso en cualquier otro mundo pero no en este, donde está el aula. Una jovencita de pelo rubio tiene la cabeza sobre el teclado a manera de almohada.

Imagen creada en Gemini AI

Soy un maestro quemado: un docente que siente que ya no logra enseñar (aunque trata) porque no encuentra la motivación o porque no encuentra una forma de estimular el aprendizaje en sus estudiantes.

Estoy parado ahí, frente a 20 estudiantes, una tarde de primavera. Sus rostros, iluminados por las pantallas de sus computadoras. Están aburridos. Una hora de clase es demasiado. Al fondo del salón, una muchacha mira su celular dando risas mientras masca un chicle. Un joven está escribiendo algo en su computadora, inmerso en cualquier otro mundo pero no en este, donde está el aula. Una jovencita de pelo rubio tiene la cabeza sobre el teclado a manera de almohada. Por las ventanas, el cielo está pasando del naranja al azul oscuro mientras un joven de lentes le pega en el hombro a otro, que está con la mirada en el piso, para mostrarle algo en la pantalla de su teléfono celular.

-  Vamos a tener un descanso de 10 minutos – anuncio a los estudiantes, que sueltan suspiros de alivio, haciendo un barullo de palabras incomprensibles mientras se levantan para salir del salón.

Mientras los veo pasar a mi lado, felices, siento empatía. Llevan todo el día en clases. A esta hora deben estar hartos, cansados. O eso prefiero creer para explicar su fastidio porque un maestro debería tener una forma de estimularlos, de hacerlos sentir que lo que están aprendiendo es relevante. Sin interés, es difícil que una persona aprenda y estimular dicho interés es algo que ya no me siento capaz de hacer. Como docente, estoy quemado.

Parado ahí, en el medio del salón de clases, rodeado de tanta felicidad juvenil,  recuerdo la primera vez que di una clase. Fue a niños, un taller para que apreciaran el cine como arte. Los niños siempre estaban ansiosos de aprender y eso me estimulaba para ser creativo, me llenaba de vida para inventar actividades divertidas y aprender entre todos y escuchar las preguntas que surgían, como aquella de una niña que me preguntó « ¿Y por qué en las películas el cielo siempre estaba gris en los cementerios cuando sepultaban a una persona?». Y así, pregunta tras pregunta de cada niña, niño, porque los niños son en esencia preguntas, curiosidad sobre la vida, sobre el mundo que ellos y yo queríamos explorar.

Doy un suspiro y miro por la ventana: el cielo ya oscuro de la noche. Y entonces me doy cuenta que una muchacha no se ha movido de su asiento. Ella sigue ahí, pensativa, mientras sus compañeros salen del aula.

-Entonces… ¿el éxito no es eso? – me pregunta mirándome un momento para luego poner su mirada en la imagen que muestra el cañón de video en la pantalla, de una mujer rubia, delgada, vestida con un traje negro, blusa blanca, un reloj Rolex, joyas, sonriendo satisfecha mientras está ahí, parada delante de un gran escritorio de caoba, sobre el cual hay una laptop Mac. La oficina es lujosa, en lo alto de un rascacielos con ventanales de cristal, detrás de los cuales se ve el sol poniéndose en el horizonte y abajo, las calles de la ciudad («¿Londres, Shanghái, Nueva York, Tokio? ») que parece estar rendida ante sus pies.

Y es que, antes del descanso, habíamos hecho una actividad en clase para demostrar el sesgo que tienen las IA. En el ejercicio, los estudiantes debían describir,  en una hoja de papel, cómo creían que luciría una persona que consideraran exitosa. Posteriormente, cada estudiante debía pedir a la IA que hiciera la imagen de una persona exitosa y verificar si esta se correspondía con la que escribieron en su hoja de papel.

El resultado del ejercicio fue muy obvio: la IA les arrojó una imagen similar a la de la mujer que mostraba el proyector de video. En algunos casos era un hombre, en otros una mujer, pero la idea de la imagen coincidía con la que los estudiantes habían descrito sobre el éxito.

Como cierre de la actividad, yo había cuestionado esa imagen del éxito que daba la IA. «¿Quién determina qué es y cómo se mide?» – expuse como argumento, pero el punto que quería dejar claro era que las respuestas que da la IA no son parciales: reflejan la visión de sus creadores… es decir sus sesgos.

Por eso, la muchacha seguía ahí, mirando esa imagen en la pantalla, incrédula.

-Sí eso no es el éxito, entonces… ¿qué es? – preguntó desconcertada la estudiante, señalando con su rostro la imagen de la mujer en la pantalla.

Y entonces, por primera vez en muchos años, sentí que por fin había enseñado algo. O al menos a ella, porque el aprendizaje, como dice Paulo Freire, no consiste en dar respuestas sino en estimular preguntas en cada estudiante. La curiosidad, las preguntas son lo que nos hace florecer como personas… «¿Por qué en las películas el cielo siempre está gris en los cementerios cuando sepultan a una persona?»

-No lo sé - respondí mirando la imagen de la mujer de éxito en la pantalla – pero sigue haciéndote preguntas y vas a encontrar una respuesta.

Ella se quedó pensativa un momento, asintió levemente y se levantó para irse al descanso.

-¿Te quedó claro qué son los sesgos de la IA? - Le pregunté ilusionado cuando la muchacha salía del salón.

- Sí – me respondió. 

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