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Mi teléfono celular me acosa
Mi teléfono celular me acosa, incluso cuando voy conduciendo. Estoy atrapado.
Imagen creada por Gemini…
La pantalla de mi coche me va poniendo alertas de atascos y mensajes de WhatsApp mientras intento esquivar baches y dejar paso a los coches que vienen atrás de mí, a exceso de velocidad, sobre la carretera 57.
Conduzco y miro el retrovisor y la pantalla, todo mecánicamente. Mi cuerpo simplemente reacciona al instante. Pero me llama la atención la insistencia de la pantalla enviándome mensajes de WhatsApp y aunque los tengo en modo silencio porque me gusta ir escuchando mis listas de música y mis podcasts, puedo ver de reojo la insistencia, casi un grito, del reclamo visual de atención.
Ahora, quizás alguien se preguntará por qué no desinstalo el WhatsApp de mi Android Auto. Bueno, hay mensajes que sí quiero saber que me envían. Por ejemplo de mi casa. No los leo o escucho en el coche, pero me ayuda a recordar que debo revisarlos en cuanto tenga mi coche estacionado.
La cosa es que cada vez, el celular me resulta más cansino. Es una presencia de la cual no puedo esconderme. Hoy, por ejemplo, hice un alto en mi camino al trabajo en una tienda de conveniencia para comprar un café. Mientras daba un trago, el celular, que dejé sobre la mesa, me puso un mensaje: “En el estacionamiento”. Y yo, inmediatamente, mientras paso el café por mi garganta:
¿Cuál sería la intención del mensaje?
¿Es que debo recordar que dejé el coche ahí? ¿Me está diciendo que sabe que yo estoy en una cafetería y el coche en otro lado? ¿Las dos cosas al mismo tiempo?
Los fines de semana no uso el celular, salvo para escuchar música en el coche, podcast, pero me olvido del WhatsApp y de las redes sociales. De hecho, ya casi no veo Facebook, ni Instagram, tampoco TikTok y mucho menos X.
El problema es que, a veces, eso implica algún tipo de problema. Por ejemplo, si ignoro el WhatsApp, algunas personas luego me dicen, con reporche: “no viste el mensaje” , “me dejaste en visto”. Doy la impresión de que soy una persona maleducada o descortés. Quizás lo soy. Porque “ a dónde fueres haz lo que vieres”.
Todos estos pensamientos están en mi mente mientras tengo una batalla con el volante del coche que insiste que no me salga de carril, de ese carril que metros adelante está bloqueado por una misteriosa caja que parece de cartón y cuyo contenido ignoro ¿Está vacía?¿contiene algo pesado? ¿implicará un riesgo de accidente si la esquivo de último momento o si paso sobre ella? No quiero provocar un accidente. Atrás viene un Honda Civic azul en exceso de velocidad, haciendo zigzag de un carril a otro, cerrándose de forma peligrosa a otros coches y el volante me exige que regrese al carril y yo no quiero, pero la asistencia de mantenimiento de carril insiste, insiste, insiste y me regresa al camino de la caja y yo insisto e insisto y forcejeo, y el WhatsApp pone algo en la pantalla y todos los coches pasan delante a exceso de velocidad y las nubes en el horizonte observan todo formando una sonrisa.
Por fin, la asistencia de carril cede cuando pongo las luces direccionales. Paso a un lado de la caja. En el espejo retrovisor me doy cuenta que no se mueve, está ahí, fija, misteriosa y con un sello de Amazon en la frente.
En la pantalla del coche, Google Maps “dice”, mediante una línea roja, que hay un atasco adelante y sale una alerta de un grupo de WhatsApp al que no recuerdo pertenecer.
Ahora, que por fin llegué a mi destino, el celular está sobre el escritorio y me pone un letrero: “hora de brillar”. Quizás es un mensaje de ánimo o una orden: haz algo productivo. Es lo de menos, parece que sabe lo que hago y lo qué no. Y entonces , cuando voy a ponerlo boca abajo, voltear la pantalla para sentirme menos observado el celular muestra un mensaje: “Recordatorio amigable: el pago de tu tarjeta de crédito se vence en 3 días…”.
Estoy atrapado.
Mi historia de fantasmas
En el folclore japonés, 'Manekute no Yurei' es una mano fantasma que te llama desde una pared cuando vas al baño por la noche. Generalmente, la mano solo quiere que reconozcas su presencia. (Wikipedia)
La siguiente historia le pasó a un amigo, como suele ocurrir con muchas historias que se cuentan...
Fui engañado una vez por una novia que tenía. Esto no es una novedad. La infidelidad es algo que ocurre en las relaciones entre seres humanos. Y todo parece entrar en un torbellino que gira con fuerza hacia lo más oscuro de la noche, aunque los árboles, los edificios, tu habitación, el sol estén quietos, en completa calma.
Esto me ocurrió en 1999, antes de poder preguntar a Google “¿Cómo se supera una infidelidad?” Olvidar la imagen de quien amas, besando a alguien más cuando horas antes te había dicho que te amaba, es algo que se queda ahí en tu mente por un buen tiempo porque, como seres humanos queremos saber por qué, queremos saber el significado, la intención de lo que nos ocurre. Si hubieran existido Google o Alexa, en aquel entonces, les hubiera preguntado: “Alexa ¿Por qué me engañaron? ¿Qué causa la infidelidad?”. Pero a finales de los 90 ese tipo de preguntas no existían en Internet y por tanto no existían respuestas. Y, al no encontrar respuestas, comienzas a dudar sobre lo que realmente sienten las personas. Si son sinceras, si en verdad te quieren quienes dicen quererte.
Además, comienzas a preguntarte si hay algo malo en ti: defectos en tu personalidad, en tu físico, en tu educación. Te deja pensando si en el fondo te merecías lo que te ocurrió. Si hiciste algo que lo mereciera. “Google: ¿Existe el karma?”. Pero sobre todo, te preguntas “Alexa ¿Alguien me quiere de verdad?”.
Mi historia de fantasmas ocurrió durante las primeras semanas posteriores a la infidelidad que padecí. Luego de haber pasado días (en realidad semanas ¿meses?) triste, ensimismado, decidí hacer algo para olvidar el asunto y recurrí a otra forma de escape: trabajar hasta la madrugada.
Mi trabajo se localizaba a las afueras de la ciudad, justo enfrente del cementerio más antiguo. Desde la ventana de la oficina que compartía con otros, podía ver la pared frontal del cementerio y las cruces de algunas tumbas. En las noches, la luz de la luna pintaba el camposanto de color plateado y las cruces parecían personas mirando hacia mi ventana en silencio.
La noche que todo ocurrió fue en noviembre, cuando yo estaba trabajando en un informe, perdiéndome en los detalles estadísticos, en gráficas y comparativas en una tabla de Excel.
El edificio donde me encontraba tenía tres pisos y en medio existía un espacio muy amplio, lleno de escritorios y una gran pared frontal de cristal, que permitía ver hacia el estacionamiento exterior.
Esa noche, en todo el edifico, solamente me encontraba yo. El vigilante se encontraba afuera, en la caseta. Los únicos sonidos que se escuchaban eran los de mis dedos pulsando el teclado y un CD que me había grabado con canciones de Blur, Tori Amos, Radiohead y Björk.
En el edificio había una gata negra, que llamábamos Bambi porque tenía unas manchas como la del personaje de Disney. Los que trabajábamos ahí, estábamos acostumbrados a su presencia. Algunos compañeros la detestaban, pero a mi me agradaba y yo le agradaba. Y me dejaba acariciarla. Y a veces eso hacía mi día.
Esa noche, Bambi había estado saliendo y entrando a mi oficina. Hubo un momento que se subió al archivero gris, bajo la ventana, mirándome intrigada cómo escribía sin cesar en el teclado de la computadora, mientras a sus espaldas la luna iluminaba criptas y cruces en el cementerio. Extendí mi mano hacia Bambi, rosando mi dedo índice con el pulgar y la gatita se acercó y me dejó acariciarla, mientras yo mantenía mi vista en la pantalla de la computadora.
Entonces, tuve que ir por unas impresiones al piso inferior. Salvo la oficina donde me encontraba trabajando, todo el edificio estaba a oscuras, iluminado apenas por la luz de la luna y las lejanas luces exteriores del estacionamiento. Las sombras en las paredes daban la impresión de un bosque con árboles y lobos. Cuando bajaba por las escaleras, la música de Blur se iba alejando poco a poco. Al salir al final del pasillo, se alcanzaba a ver el cuarto de la impresora, apagado también, y en el fondo, las luces led de los controles de la impresora daban la impresión de un rostro sonriendo.
De pronto, la lejana música de Blur se vio tapada por el sonido de un teclado siendo pulsado por alguien. Me detuve. El sonido del teclado se detuvo también. La impresora seguía sonriendo al fondo del pasillo, pero ahora me pareció una sonrisa macabra. En las paredes, las formas de árboles seguían ahí, pero las formas de lobo parecían observarme.
Mi corazón se paralizó de frío. Y yo con él. Entonces comenzó una lucha en mi mente intentando explicar el sonido del teclado: “En el edificio hay alguien más trabajando”, “la oscuridad me hizo imaginar cosas”, etcétera, etcétera. Y entonces pensé que (quizás) había sido Bambi. Y es que el sonido del teclado duró muy poco. Debió caminar por el teclado apenas por un momento.
“¡Eso debe ser!” – me dije a mí mismo intentando tranquilizarme– y continué mi camino hacia la oficina al final del pasillo, donde la impresora me esperaba sonriente. Al llegar, evité encender la luz PORQUE-NO-TENÍA-MIEDO, tomé las hojas que mandé imprimir y regresé por el mismo pasillo.
La música, ahora de Björk, se escuchaba más fuerte a cada paso que daba y las sombras en la pared parecían bailar cuando el sonido del teclado volvió a escucharse. Me detuve otra vez, pero el teclado siguió escuchándose. Temblando, me dije a mi mismo: “es la gata, bailando sobre el teclado”. Entonces, la luz de un vehículo, en la avenida, cruzó las paredes del pasillo y yo la seguí con la vista. Cuando la luz desapareció al pie de las escaleras, descubrí a Bambi, mirándome con sus ojos fijos y brillantes mientras se seguía escuchando el sonido del teclado siendo aporreado por alguien.
Me paralicé. Miré alrededor, como esperando que hubiera alguien más, alguien que atestiguara que todo aquello no era un signo de locura. Mis manos temblorosas apretaban las hojas impresas, volviéndolas una masa arrugada de papel y mi pecho se paralizó de frío.
Temblando, caminé hasta la pared de vidrio que daba al estacionamiento en busca del vigilante y lo vi a lo lejos, a través del cristal empañado por mi respiración. Estaba dentro de la caseta, mirando la pantallita de una televisión. Y del otro lado de la calle, la luna iluminando el panteón. Entonces, sentí algo restregándose en mis piernas y lancé un grito corto y agudo. Era Bambi. El sonido del teclado se detuvo y la música del disco volvió a escucharse a lo lejos.
Bambi salió corriendo por el pasillo y se perdió subiendo las escaleras. Las hojas impresas estaban retorcidas entre mis manos temblorosas. Y al fondo, en el cuarto oscuro, la impresora parecía respirar, mirándome fijamente.
En las sombras de la pared seguían los árboles, pero las imágenes de los lobos ya habían desaparecido. Con la mirada, busqué el interruptor de la luz y lo vi al lado de la maquinita de Coca-Cola que estaba desconectada. Después de todo SÍ-TENÍA-MIEDO.
Prendí la luz y mi miedo fue aún peor: era como si quedara expuesto a quien quiera que hubiera estado aporreando el teclado. Además, la luz daba un tono amarillo deprimente que iluminaba débilmente el pasillo, generando más sombras, con forma de seres extraños y amorfos y provocando que la escalera pareciera aún más oscura.
Tragué saliva y temblando comencé a caminar muy rápido hacia la escalera, mientras sentía que las sombras del edificio me veían soltando carcajadas. Subí las escaleras dando grandes zancadas para cubrir dos escalones a la vez. El sonido del disco, que ahora tocaba una canción de Radiohead, parecía subir cada vez más de volumen, al igual que el sonido de “alguien” pulsando el teclado.
Cuando llegué al pasillo superior, mi oficina se veía al fondo y la luz que salía por la puerta parecía el vaho de “alguien” que respiraba adentro. Busqué a Bambi a mi alrededor, como esperando tener una amiga que me acompañara en el largo camino hacia aquella oficina para apagar la computadora, agarrar mi mochila y salir huyendo de ahí. Y mientras me acercaba, mi pecho hacía esfuerzos para no dejar salir a mi corazón disparado hacia el techo. “¿Qué habría en la habitación? ¿O qué no habría? ¿Todo era producto de mi imaginación? “
Acobardarme y salir corriendo del edificio no era una opción, tenía que guardar el trabajo, porque era importante y tenía que apagar la computadora como exigía un cartel pegado en todas las oficinas. Entonces corrí, con la mirada en el piso, mientras sentía la mirada de las sombras en la pared.
En la habitación, con la mirada abajo, percibí sombras oscuras, también en la pared, siguiendo mis pasos y la ventana, donde se podía ver a la luna sobre el panteón. En el fondo, la pantalla de la computadora parecía observarme intrigada.
Temblando, guardé el trabajo, cerré el programa y apagué la computadora apretando el botón de encendido, saltándome el apagado de Windows. Con un manotazo, desconecté el aparato del CD cuando iniciaba una canción de Tori Amos y salí corriendo sin mirar a los lados. En mis manos, las hojas impresas eran bolas arrugadas. Mientras bajaba las escaleras corriendo, el sonido de alguien escribiendo en el teclado se volvió a escuchar.
Al salir del edificio, hacia el estacionamiento, el frío rasuró mis mejillas. En el interior, las sombras en la pared seguían mirándome. El policía de la entrada estaba afuera de la caseta, en la acera, hablando con policías que estaban dentro de una patrulla. Al acercarme, los policías de la patrulla me miraron. El vigilante también se volvió a mirarme. Se escuchaba mi respiración agitada. Algo verían en mi rostro porque el vigilante preguntó:
- ¿Qué le pasa? ¿Por qué está tan agitado?
- La ga-gata – dije temblando – me-me pegó un susto muy fuerte cuando venía saliendo
El policía arqueó las cejas.
- ¿Cuál gata? Bambi murió hace 3 semanas ¿Qué no supo? – dijo el vigilante con sequedad.
- ¡Estaba ahí! – insistí – Bambi ¡Se me estregó en las piernas! ¡La acaricié.
- Yo mismo metí a Bambi en una bolsa. La enterré bajo aquel árbol – dijo el policía señalando con la cabeza hacía un pino en el jardín a la entrada del edificio.
Los policías me miraban con curiosidad, mientras del otro lado de la avenida, unas nubes cortaban la luna sobre el cementerio. Se hizo un silencio mientras el vigilante y los policías me juzgaban con la mirada.
- Ok – asentí confundido – yo-yo me voy.
Mientras me alejaba por la avenida en busca de un taxi, seguido de la mirada de los policías que enjuiciaban en silencio mi cordura, miré sobre mi hombro hacia la ventana de mi oficina y Bambi estaba ahí, mirándome serenamente con sus ojos amarillos como la llama de dos antorchas.
Al llegar a casa, me tiré a la cama con la ropa puesta. Las hojas impresas quedaron a un lado, en el piso, echas bola. Dormí con la luz prendida y la televisión encendida en CNN. Cuando desperté, recogí las hojas impresas del piso. Al final del informe que había escrito la noche anterior, había una serie de letras ordenadas sin sentido:
Ñdijòeutgjhe
D*hloksk0pseduhjged`jpgjspñjgsepyity jr tydgf8tytes.79oljhjds
Y entonces se me vino una pregunta a la cabeza. “¿Por qué tuve esa noche de espanto? ¿Cuál es la intención? ¿Cuál es el significado? “ Y mi mente (¿o mi corazón?) me dio una respuesta que nunca me hubieran podido dar Google o Alexa: “Te pueden engañar, te pueden herir, pero siempre habrá alguien que te aprecie, que te quiera, aunque sea una gatita que venga del más allá…”

